Todos los padres son iguales

Todos los padres son iguales

 

Desde luego, no todos los padres son iguales ;)  La variedad en sentimientos paternales es tan amplia y variada como personas hay en el mundo. Se espera de los padres que alberguen sentimientos nobles hacia sus hijos; que resulten figuras formadoras, inspiradoras y que mantengan sinceras aspiraciones de progreso y felicidad para su descendencia. La triste realidad es que esto no siempre ocurre.  

 

 

De todas formas, ante este fenómeno, podemos hacer muchas cosas mejores que criticar, juzgar o condenar. 

 

 

¿Cómo se establece la diferencia entre las sanas aspiraciones de un padre hacia su hijo, y la exigencia enfermiza, entre el amor respetuoso y el amor condicional?

 

Por el motivo que sea, los padres que resultan inhabilitantes sufren. Tanto los padres sobre-protectores y omnipotentes, como los descalificadores, desconfiados, o difíciles de satisfacer, sufren y hacen sufrir.   Podemos aventurar que la mayoría de estos padres mantiene una idea subjetiva negativa respecto de su hijo y de sus capacidades; y esta idea negativa es para muchos motivo de decepción, profundo desencanto. Pero no lo es para todos.

 

 

Si la casi promesa de un futuro sombrío del hijo es para algunos padres razón suficiente para deprimirse; para otros es, en cambio, motivo de secreto regocijo: en la comparación ellos resultan superiores, inigualables, inalcanzables. Sin darse mucha cuenta, estos padres necesitan del fracaso de los hijos; se apoyan en él para destacarse y sentirse triunfadores. Es imperioso ayudar a estos padres a concientizar estas secretas necesidades con las que no viven muy tranquilos. En la mayoría de los casos, éstas son inconscientes y producen traducciones sintomáticas: síntomas y expresiones en el organismo; desarrollan variedad de enfermedades que raramente se las relaciona con estos dilemas interiores. Aunque no todos, algunos padres que han tenido una vida esforzada, que han llegado a la cima desde abajo guardan cierto recelo; no pueden evitar restregar en las narices de sus hijos todos sus esfuerzos como si ellos fuesen los responsables. Y ven en las travesuras, en las resistencias al estudio, en las dificultades y en las debilidades de la joven personalidad, expresiones de desagradecimiento y motivo de ofensa.

 

Muchos hijos prefieren decepcionar a este tipo de padres. Su fracaso (en la escuela, con las amistades, con la elección de una pareja o de un trabajo), es una forma de obediencia. Es también, su arma de defensa, o el lugar donde se sienten a buen resguardo; donde encuentran que pueden vivir más tranquilos quedando fuera de la competencia. Pero se trata de una tranquilidad superflua, temporaria y mentirosa. En estos esquemas todas las partes involucradas terminan perdiendo algo: El hijo pierde si con sus conductas termina hipotecando su futuro.  Pero si resulta que el hijo empieza a tener sus propios logros, es el padre quien pierde pues comienza a empobrecer sus desempeños. 

 

 

Podemos muy fácilmente suponer lo que pasaría con ellos, el alivio que experimentarán al descubrir que muy posiblemente todo este dilema les surja a partir de una simple idea. De esa idea que cada cual mantiene sobre sí mismo y sobre el otro.

 

 

Un padre debilitante inyecta en el hijo su sentimiento debilitante a través de canales diferentes: miradas, palabras, gestos. Aún si se esfuerza en dar buenos consejos, sus sentimientos de duda, de falta de confianza se revelan restando contundencia a sus palabras pues el hijo recibe más el sentimiento (en este caso, debilitante, el auténtico rechazo), que el buen consejo ensayado.  Siempre recibimos el sentimiento antes que el consejo. Si un abuelo ofrece su mejor consejo desde el amor, aún si el consejo es anticuado o inaplicable, el nieto conserva ese amor que recibió y descarta el consejo.

 

 

Contar con herramientas que nos permitan detectar lo que hay detrás de las palabras, es como andar por la vida con un radar. Si no se cuenta con las herramientas básicas para acceder a percepciones más amplias, posiblemente no se consiga producir esos cambios necesarios y tan saludables. Entonces, sobreviene la sensación de impotencia, perplejidad tal como la percibimos en tantos casos alrededor. Surge la sensación de destino, de mala suerte. Con ellas, lamentablemente emergen la culpa, el reproche; también, auto-reproche.

 

 

Los padres que tienen por costumbre realzar en sus hijos los defectos, o que ven en ellos reflejados los defectos propios, necesitan darse cuenta de su necesidad de un chivo expiatorio y entender lo que les pasa. Necesitan contar con un medio seguro para reconocer sus propias carencias afectivas, laborales. Necesitan conectar con ellas por vías superadoras de manera que tal descubrimiento no signifique una amenaza, un bochorno, un trauma, algo doloroso que se prefiera evadir. Tantos padres, que necesitan imperiosamente sacarse de encima su propia frustración y sentirse mejores antes que bregar por la sana formación del joven a su cargo encontrarían fabulosos beneficios de aprender de sí mismos y comprender el origen de sus dañosas actitudes por las que terminan lamentándose.

 

 

Cuando el padre reconoce por fin esos conflictos emocionales que se desatan en su interior puede ayudar a sus hijos a desatar los suyos, y en este aporte se eleva hacia un lugar más poderoso: el lugar desde donde puede operar con conocimiento y desde el cual puede conseguir cosas más preciosas. Las técnicas de indagación adecuadas le permitirán revertir maneras de pensar inconvenientes, superar la intolerancia, la impaciencia, la duda respecto de sí mismo, de su hijo, o de las cosas de la vida. Con los asuntos un poco más aclarados se hace más llevadero reaccionar de un modo positivo y correctivo tanto para bien propio como para el de su familia. Todos se benefician ante la clarificación de lo que les ocurre por dentro. Nuestra tarea en esta plataforma es la de proporcionar los medios para ayudar a alcanzar estos descubrimientos tan personales y tan útiles. **Regístrese hoy al BiblioLab - Planes en vigencia aquí